Si hubieran sido obreros, no habrían conseguido trabajo.
«Todo aquel que se negara, que sepa que le está prohibido ser llamado con el nombre de judío. Serán combatidos por todos los medios lícitos. Sus nombres serán puestos en un monumento de la vergüenza y sus actos se usarán para reprochárselos hasta la última generación.
Si son apoyados, su apoyo cesará. Si son rabinos, serán alejados de su cargo. Serán puestos bajo prohibición y perseguidos, y todo el mundo sabrá que en esta justicia no ha habido clemencia».
Es de nuevo el espíritu del bolchevismo judío, ese espíritu que tanta gente se ha esforzado en vano por reconciliar con el temperamento ruso, porque es de todo punto ajeno a lo ruso.
Es tiranía, y no la tiranía de la fuerza, sino de la mezquindad y la oscuridad. Ahora está perfectamente claro lo que quiso decir el Dr. McInnis, obispo anglicano de Jerusalén, cuando dijo:
“Los emigrantes traídos hasta ahora (a Palestina, bajo la Comisión) no incluyeron a muchos judíos ingleses respetables; pero sí incluyeron a un gran número de rusos, polacos y rumanos, muchos de ellos radicalmente bolcheviques en su actitud hacia el gobierno”.
Si este espíritu prevalece al comienzo de un movimiento que al mundo cristiano se le ha enseñado mediante la propaganda a considerar como un éxodo profundamente religioso y respetable, agobia la imaginación pronosticar lo que se hará en un período de dominio pleno e indiscutible.
Observando y sopesando los acontecimientos y las tendencias del dominio judío hasta ahora en Palestina, no es difícil ver el propósito en todo ello. Los judíos todavía desconfían de su capacidad para crear un