Dominando absolutamente las comunicaciones inalámbricas del mundo: un grupo de judíos. En la amenaza del cine: un grupo de judíos. En el control de la prensa a través de la presión comercial y financiera: un grupo de judíos. Especuladores de guerra, el 80 por ciento de ellos: judíos. Organizadores de la oposición activa a las leyes y costumbres cristianas: judíos. Y ahora, en este miasma de la llamada música popular, que combina la debilidad mental con toda sugerencia de lascivia, nuevamente judíos.
La influencia judía en la música estadounidense es, sin duda, considerada como seria por quienes saben algo al respecto. No solo existe una creciente protesta contra la judaización de nuestras pocas grandes orquestas, sino que hay una fuerte reacción ante la colusión racial que llena los escenarios de conciertos y las plataformas populares de artistas judíos con exclusión de todos los demás.
Se ha instado, regañado y avergonzado al pueblo estadounidense para que inicie un apoyo popular bastante generoso a la música en este país, y lo primero que ven a cambio de su dinero es que los artistas judíos suplantan a los artistas no judíos, y utilizan el prestigio de su membresía en las orquestas sinfónicas para llevar a cabo diversos tejemanejes propios de pequeños negocios. Si fuesen artistas superiores, no habría nada que objetar en su contra, pero no son artistas superiores; solo son más conocidos y racialmente favorecidos en los círculos musicales judíos.
Ese, sin embargo, es un gran tema. Recibirá atención a su debido tiempo. En este momento es la «canción popular» la que se está considerando. No obstante, como algo sobre lo cual los verdaderos amantes y conocedores de la música pueden meditar en vista de futuros estudios sobre la influencia judía en la música, se ofrece esta observación (las cursivas son nuestras):