En 1880 había, según las estadísticas judías, 250.000 judíos en este país.
Los judíos reclaman ahora 3.500.000, en su mayor parte una masa sin distribuir amontonada en unas pocas de las grandes ciudades; un tercio de ellos en Nueva York. Al venir en números tan grandes en un tiempo tan corto y agruparse de este modo, de manera intencionada o no, se ayudan mutuamente a resistir el proceso de americanización.
Esto aumenta enormemente la incidencia del prejuicio social. Quienes no tienen ningún prejuicio consciente, ya sea de religión o de raza, corren el peligro de absorber o desarrollar dicho prejuicio como un método de protección de sus instituciones, sus tradiciones y sus hábitos.
El movimiento sionista, con su desarrollo intencional de la conciencia de raza y la peculiaridad racial por parte del judío, constituye un obstáculo adicional para los esfuerzos de aquellos judíos y cristianos que buscan derribar los prejuicios y unir al judío y al cristiano bajo el reconocimiento común de la Regla de Oro: que cada uno trate al otro como él, en caso semejante, desearía ser tratado por aquel.
Uno de los más grandes judíos ingleses, honrado y respetado tanto por judíos como por cristianos por su saber, su filantropía y su piadosa devoción, dice de este sionismo racial-político que le ha roto el corazón y ha hecho retroceder el reloj para su pueblo cien años. El cristiano amante de su país y de sus semejantes bien puede expresar un sentimiento semejante por su parte.
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