Estos no son casos aislados. El antagonismo hacia la Iglesia Católica resonaba en toda la literatura judía.
La actitud judía se resumió en un editorial del Jewish Sentinel del 26 de noviembre de 1920 de la siguiente manera:
“Nuestro único gran enemigo histórico, nuestro enemigo más peligroso, es Roma en todas sus formas y aspectos, y en todas sus ramificaciones. Siempre que el sol de Roma empieza a ponerse, el de Jerusalén se levanta.”
Estos, sin embargo, son asuntos bien conocidos por los líderes católicos.
A su vez, las demás denominaciones cristianas han sido atacadas. Cuando la Iglesia Metodista puso en escena el gran espectáculo titulado «The Wayfarer», el rabino Stephen S. Wise ejerció de crítico e hizo la solemne y absurda declaración de que, de haber sido un isleño de los Mares del Sur (en lugar del conferenciante itinerante que es), su primer impulso tras ver «The Wayfarer» habría sido salir corriendo a la calle y matar al menos a tres judíos. Dice mucho, tal vez, de los cauces por los que discurren los impulsos del rabino Wise, pero las decenas de miles de metodistas que vieron «The Wayfarer» no estarán inclinados a atribuir semejante crítica al espíritu de tolerancia que el rabino Wise aconseja con tanto celo observar a los cristianos.
La Iglesia Episcopal también ha sentido el ataque de los judíos. Recientemente la prensa judía armó un escándalo alegando que la Iglesia Episcopal no era competente para enseñar el americanismo en nuestras ciudades porque sostenía que el cristianismo y la buena ciudadanía eran sinónimos. Y cuando la Iglesia Episcopal dispuso lo necesario para la labor misionera entre los judíos, el torrente de abusos que se derramó ofreció una imagen muy vívida de aquello a lo que la mente judía recurre de manera natural