eso para hacer aflorar la conciencia musical no judía y para desbaratar la noción anunciada y comprada con dinero de que el judío posee un genio artístico predominante. > Digamos que predomina en la música; sí, él ha pagado y organizado ese predominio; no digáis, sin embargo, nada acerca de su predominio en el genio o
La música no judía ha sido estigmatizada como «culta». Solo puede comercializarse en la alta sociedad de carísimo nivel. Al pueblo, a las masas, se les alimenta día tras día con la sugestión imbécil que brota en un torrente nocivo de Tin Pan Alley.
Tin Pan Alley es el nombre que se le dio a la zona de la calle Veintiocho, entre Broadway y la Sexta avenida, donde los primeros fabricantes de canciones en yidis comenzaron sus negocios.
Bandadas de jóvenes que creían que sabían cantar, y otras que creían que podían escribir poemas para canciones, acudían al vecindario atraídas por anuncios deshonestos que prometían más de lo que los novatos explotadores yidis eran capaces de cumplir.
Ni que decir tiene que el escándalo se desató desenfrenado, como siempre ocurre cuando las llamadas chicas «gentiles» se ven reducidas a la necesidad de buscar favores en el tipo de judío oriental. Fue el constante griterío de voces, la hilaridad de las «fiestas», el aporreo de pianos y el rebuzne de los trombones lo que le dio al distrito el nombre de Tin Pan Alley.
El primer intento de popularizar y comercializar el llamado tipo de música «popular» fue realizado por Julius Witmark, que había sido cantante de baladas en el teatro de juglares (minstrel stage). Dejó de actuar para convertirse en editor, y pronto fue seguido por los judíos del East Side, muchos de los cuales se han enriquecido gracias a su éxito en complacer un gusto público que primero degradaron.