número significativo. La trajeron consigo. Sabía de la justicia de muchas de las acusaciones imputadas a los judíos. Sabía de la imposibilidad de refutarlas, de la futilidad de gritarles “antisemitismo”. Sabía, además, que para que los judíos resolvieran la Cuestión Judía apartándose de las peculiares tradiciones raciales de superioridad, equivaldría a dejar de ser judíos. Por lo tanto, volcó toda su influencia del lado de los judíos que permanecían separados, manteniendo su tradición de la Raza Elegida, considerándose a sí mismos como los futuros gobernantes de las naciones, y ahí dejó la Cuestión casi exactamente donde la encontró.
Pero en el curso de sus estudios ofreció a otros investigadores el beneficio de sus francas declaraciones. No puso mentiras en boca de su pueblo. No se esmeraba por mantenerse en su puesto mediante llamamientos raciales prejuiciosos. Miró ciertos hechos de frente, hizo su informe y eligió su bando.
Varias veces en el transcurso de su argumento, su propia lógica lo condujo hasta el punto en el que, lógicamente, habría tenido que descartar su idea judía de separatismo. Pero con gran calma descartó la lógica y se aferró a la tradición judía. Por ejemplo:
“Para facilitar mejor tal felicidad en cada país y en cada época, han existido diversas clases de organizaciones tal como existen hoy. Los judíos tienen las suyas.
“Por muchas razones son exclusivas. En teoría no deberían serlo. En nuestras organizaciones sociales deberíamos, en deferencia al argumento que ya he mencionado, admitir a cualquier gentil afable y digno que nos honre con su solicitud. Pero lo que puede ser teóricamente correcto puede resultar prácticamente erróneo. Ciertamente es un error excluir a una persona