Los defensores no judíos del programa judío han fingido mucha indignación debido a las referencias que se han hecho sobre el carácter oriental de ciertas manifestaciones judías.
Las referencias en estos artículos han sido dos en número: una respecto a la sensualidad oriental tal como ha sido introducida en el escenario estadounidense por alcahuetes teatrales judíos, y otra al citar a Disraeli, el judío que llegó a ser primer ministro de Gran Bretaña, en el sentido de que los judíos —su pueblo— eran «árabes mosaicos».
Pero jamás pareció habérsele ocurrido a Leo N. Levi negar el carácter oriental de su raza. En su lugar, lo afirmó.
En la página 104 del memorial de la B’nai B’rith, justifica ciertas crudezas sociales del judío basándose en que, «procediendo originalmente de Oriente y habiéndose visto obligado durante veinte siglos a vivir en una sociedad propia, ha preservado en sus gustos mucho de característicamente oriental».
Nuevamente en la página 116, justificaba la multiplicidad de ritos religiosos como debida al hecho de que el judío «recurrió a su imaginación oriental en busca de un simbolismo que apelara a sus emociones ideales».
En la página 312, habla de la «devoción oriental de los judíos hacia sus padres».
Este fácil reconocimiento del hecho es encomendado a aquellos redactores serviles que, desde la inmensidad de su ignorancia sobre la Cuestión Judía, han visto en la alusión al orientalismo un «insulto» hacia los judíos y un infalible indicio de antisemitismo.
¡La cuestión judía! Ah, ese es otro punto que los portavoces projudíos se apresuran a negar, pero se sentirán algo perturbados por la franqueza con la que los verdaderos portavoces judíos admiten la Cuestión.