no sea su propia actitud, sino cualquier oposición a esta, la que cargue con el estigma del «prejuicio» y de la «persecución». Es por eso que el judío utiliza estos términos con tanta frecuencia. Quiere etiquetar primero al prójimo. Es por eso que cualquier investigación sobre la Cuestión Judía es tan rápidamente catalogada como antisemitismo; el judío conoce la ventaja de etiquetar al otro hombre; las etiquetas falsas son de gran utilidad.
Esto no agota de ninguna manera la lista de titulares que describen las diversas vías en las que se manifiesta la expresión de virulenta persecución y prejuicio religioso judío. Pero agota el espacio asignado a estos artículos cada semana. Por lo tanto, el tema se concluirá la próxima semana.
No es un tema agradable. El prejuicio religioso es tan desagradable de escribir al respecto como de experimentarlo de cualquier otra forma. Es totalmente contrario al espíritu de lo estadounidense y lo anglosajón.
Siempre hemos considerado la religión como un asunto de conciencia. Creer según su voluntad es parte de la libertad fundamental de todo hombre. Interferir por la fuerza para cambiar la creencia de cualquiera es sumamente estúpido.
Sosteniendo estos principios hereditarios, uno elige estudiar esa corriente activa de influencia en la vida estadounidense que se conoce como la corriente judía, y al hacerlo inmediatamente, uno se ve clasificado entre los fanáticos y torturadores de otras épocas.
Es hora ya de demostrar que el grito de «¡intolerante!» es lanzado principalmente por intolerantes. Sí hay un prejuicio religioso en este país, sí hay, en efecto, una persecución religiosa, sí hay un arrinconamiento por la fuerza de las libertades religiosas de una mayoría de la población, y este prejuicio, esta persecución y este uso de la fuerza son judíos y nada más que judíos.