fueron convocados ante el gran jurado no se les exigió declarar. Otros que fueron imputados resultaron absueltos. El foco de atención de todo el escándalo se centró en los jugadores no judíos que fueron empujados al frente para hacer el trabajo y a quienes un sinnúmero de testigos judíos conocía por haber estado metidos en cualquier trabajo turbio que pudiera haber habido. Los «idiotas gentiles» no tenían testigos; los judíos los tenían a todos.
Esto no es un intento de lavar la imagen de los jugadores. Se merecieron todo lo que les cayó por mezclarse con la peor calaña; pero no se lo merecieron solos. Si hubieran tenido un mínimo de hombría, se le habrían quitado las mañas de por vida a unos cuantos apostadores judíos de andarle proponiendo negocios turbios a los beisbolistas.
Los jugadores son unos infelices engañados por judíos. Ser un infeliz así ya es castigo suficiente.
Sería erróneo, sin embargo, sostener la opinión de que la corrupción en el béisbol comenzó con el asunto que se ventiló en los tribunales.
Al principio de este artículo se hizo referencia al temor que sienten los directores. Este temor es de larga data. Los directores habían observado ciertas manifestaciones del mal años antes. Habían oído rumores que no repetían a sus amigos más íntimos. Habían iniciado investigaciones discretas cuyos resultados no revelaron ni siquiera a sus socios en los clubes.
Todo aquel que conocía la verdadera situación vivía con el miedo cerval de emitir un susurro que pudiera dar una pista sobre la verdad. Pero la verdad es más fuerte que las paredes, las puertas y las cajas fuertes de acero; la verdad era conocida en cada etapa del juego por alguien.
Los aficionados recordarán que hace varios años uno de los equipos del este empezó a deshacerse de la mayor parte de sus hombres. Fue un