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nydus/The International Jew, Volume III: Jewish Influences in American LifePublic
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XLVII. El jazz judío se convierte en nuestra música nacional

que la que ahora se les concede a los fabricantes de canciones populares en yidis. Pero en tal situación sería estúpido atacar a los adictos; el sentido común urgiría a desenmascarar a los alcahuetes.

Una terrible narcosis de la modestia moral y la aplicación de poderosos afrodisíacos han estado implicadas en la actual moda de las canciones populares, una moda estimulada. Las víctimas están por todas partes. Pero ministros, educadores, reformadores, padres y ciudadanos con conciencia cívica están empezando a ver la inutilidad de regañar a los jóvenes así enfermos.

El sentido común dicta la limpieza de la fuente de la enfermedad. La fuente está en el grupo yidis de fabricantes de canciones que controla toda la producción y que es responsable de todo el asunto, desde la poesía hasta los beneficios.

Junto a la acusación moral contra la llamada canción «popular» está la acusación de que no es popular.

Todo el mundo la oye, tal vez la mayoría la canta; se abre paso de costa a costa; es arrojada a la mente de la gente en cada película y desde cada escenario; se anuncia en carteles llamativos; los discos de gramófono la vociferan día y noche, las orquestas de baile parecen enamoradas de ella, las pianolas la devanan por yardas.

Y a fuerza de pura repetición y sugestión, la canción se pega —como se pega un cardo borriquero— hasta que es desplazada por otra.

No hay popularidad espontánea.

Es un mero martilleo mecánico en las mentes del público. A menudo no hay un solo átomo de sentimiento o atractivo espiritual en todo el «éxito» pregonado a bombo y platillo; hombres y mujeres, niños y niñas simplemente han adquirido la costumbre de tararear palabras y melodías de las que no pueden escapar, ni de noche ni de día.

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