hombro derecho. Parecía ser algo demasiado pesado para sus fuerzas, pues al bajarlo, este tocó el suelo con cierta brusquiedad. Al instante brotó del paquete gris un pequeño gemido, y de él asomó una carita asustada, con ojos castaños muy brillantes, y dos puñitos manchados y con hoyuelos.
—¡Me has hecho daño! —dijo una vocecita infantil con reproche.
—¿Lo he hecho, en verdad? —respondió el hombre arrepentido—; no fue mi intención.
Mientras hablaba, desató el chal gris y extrajo a una hermosa niña de unos cinco años, cuyos delicados zapatos y elegante vestido rosa con su pequeño delantal de lino delataban el cuidado de una madre. La niña estaba pálida y ajada, pero sus saludables brazos y piernas demostraban que había sufrido menos que su compañero.
—¿Cómo está ahora? —respondió con ansiedad, pues ella todavía se frotaba los desgreñados rizos dorados que le cubrían la nuca.
—Bésalo para que se sane —dijo con absoluta seriedad, mostrándole la parte lastimada—. Eso es lo que hacía mamá. ¿Dónde está mamá?
“Mamá se ha ido. Supongo que la verás dentro de poco”.
—¡Se fue, eh! —dijo la niña—.
Qué gracioso, no se despidió; casi siempre lo hacía si iba a tomar el té a casa de la tía, y ahora lleva tres días fuera. Oye, está horrible de seco, ¿verdad? ¿No hay agua ni nada de comer?
—No, no hay nada, querida. Solo tendrás que tener paciencia un rato, y luego estarás bien. Apoya la cabeza contra mí así, y te sentirás mucho mejor. No es fácil hablar cuando tienes los labios como el cuero, pero