dorados descansando sobre el pecho de su casaca de terciopelo. Sus labios rosados estaban entreabiertos, mostrando la hilera regular de dientes blancos como la nieve en su interior, y una sonrisa juguetona se dibujaba en sus facciones infantiles. Sus regordetas y blancas piernecitas, que terminaban en calcetines blancos y zapatos limpios con hebillas brillantes, ofrecían un extrañísimo contraste con los miembros largos y resecos de su compañero. En la cornisa de roca sobre esta extraña pareja se encontraban tres solemnes zopilotes, quienes, al ver a los recién llegados, lanzaron gritos estridentes de decepción y se alejaron batiendo las alas con desgano.
Los gritos de las aves inmundas despertaron a los dos durmientes, que miraron a su alrededor desconcertados. El hombre se puso en pie con dificultad y contempló la llanura que había estado tan desolada cuando el sueño lo había vencido, y que ahora se encontraba surcada por esta inmensa