“Al hombre se le vio”, continuó Lestrade.
“Un lechero, que pasaba de camino a la lechería, dio la casualidad de que bajaba por el callejón que lleva desde las caballerizas situadas en la parte trasera del hotel. Se fijó en que una escalera de mano, que normalmente yacía allí, estaba apoyada contra una de las ventanas del segundo piso, la cual se encontraba abierta de par en par. Tras pasar de largo, miró hacia atrás y vio a un hombre descender por la escalera. Bajó con tanta tranquilidad y desparpajo que el muchacho se imaginó que se trataba de algún carpintero o ebanista trabajando en el hotel. No le prestó mayor atención, aparte de pensar para sus adentros que era temprano para estar trabajando. Tiene la impresión de que el hombre era alto, tenía la cara rojiza yvestía un abrigo largo de color pardusco. Debió de quedarse en la habitación un rato después del asesinato, pues encontramos agua manchada de sangre en el lavabo, donde se había lavado las manos, y marcas en las sábanas donde había limpiado deliberadamente su cuchillo”.
Miré a Holmes al oír la descripción del asesino, que coincidía exactamente con la suya. No había, sin embargo, ningún rastro de exultación o satisfacción en su rostro.
—¿No encontró nada en la habitación que pudiera proporcionar una pista sobre el asesino? —preguntó.
“Nada. Stangerson llevaba el monedero de Drebber en el bolsillo, pero parece que esto era lo habitual, ya que él se encargaba de todos los pagos. Había más de ochenta libras en su interior, pero no habían robado nada. > Cualesquiera que sean los motivos de estos extraordinarios crímenes, el robo no es ciertamente uno de