persistía. Sintió que eso era hacerle el juego a su enemigo, por lo que regresó a regañadientes a las viejas minas de Nevada, para recuperar allí la salud y amasar el dinero suficiente que le permitiera perseguir su objetivo sin privaciones.
Su intención había sido estar ausente un año a lo sumo, pero una combinación de circunstancias imprevistas le impidió abandonar las minas durante casi cinco. Al cabo de ese tiempo, sin embargo, su memoria de las ofensas recibidas y su anhelo de venganza seguían tan vivos como en aquella memorable noche en la que había permanecido junto a la tumba de John Ferrier.
Disfrazado y bajo un nombre supuesto, regresó a Salt Lake City, sin importarle lo que fuera de su propia vida, con tal de obtener lo que sabía que era justicia.
Allí encontró malas noticias esperándole. Pocos meses antes se había producido un cisma entre el Pueblo Elegido, ya que algunos de los miembros más jóvenes de la Iglesia se habían reblandecido —no, rebelado— contra la autoridad de los Ancianos, y el resultado había sido la secesión de cierto número de disidentes, que habían abandonado Utah y se habían vuelto gentiles.
Entre ellos se encontraban Drebber y Stangerson, y nadie sabía a dónde habían ido. Los rumores decían que Drebber se las habíais ingeniado para convertir gran parte de sus propiedades en dinero y que se había marchado siendo un hombre rico, mientras que su compañero, Stangerson, era comparativamente pobre. No había, sin embargo, pista alguna sobre su paradero.
Mucho hombre, por muy rencoroso que fuera, habría abandonado toda idea de venganza ante semejante dificultad, pero Jefferson Hope jamás titubeó un instante.