—No, señor.
—¿Tampoco Lestrade?
—No, señor.
—Entonces vayamos a ver la habitación. Con lo cual, tras esta incoherente observación, se adentró en la casa a grandes zancadas, seguido por Gregson, cuyas facciones expresaban su asombro.
Un pasaje corto, de tablas desnudas y polvorientas, conducía a la cocina y a las dependencias. Dos puertas se habrían desde él a la izquierda y a la derecha.
Una de ellas había estado evidentemente cerrada durante muchas semanas. La otra pertenecía al comedor, que era la estancia en la que había ocurrido el misterioso suceso.
Holmes entró, y yo le seguí con ese sentimiento de abatimiento en el corazón que la presencia de la muerte inspira.
Era una habitación grande y cuadrada, que parecía aún más grande por la ausencia total de muebles. Un papel pintado de mal gusto y chillón adornaba las paredes, pero estaba manchado de humedad en algunas partes, y aquí y allá grandes tiras se habían desprendido y colgaban, dejando al descubierto el yeso amarillo de debajo. Frente a la puerta había una chimenea ostentosa, coronada por una repisa de imitación de mármol blanco. En una esquina de esta estaba pegado el cabo de una vela de cera roja. La solitaria ventana estaba tan sucia que la luz era brumosa e incierta, dando un tono gris mate a todo, el cual se intensificaba por la gruesa capa