—¿Que qué significa? Pues que el escritor iba a poner el nombre de mujer Rachel, pero fue interrumpido antes de que tuviera tiempo de terminarlo. Al tiempo, mis palabras: cuando se esclarezca este caso, ya verá cómo una mujer llamada Rachel tiene algo que ver en él. Está muy bien que se ría, señor Sherlock Holmes. Podrá ser muy listo y astuto, pero el viejo sabueso es el mejor, a fin de cuentas.
—¡Le ruego me perdone! —dijo mi compañero, que había irritado el temperamento del hombrecillo al estallar en una carcajada—. Ciertamente tiene usted el mérito de ser el primero de nosotros en descubrir esto y, como dice, lleva todas las marcas de haber sido escrito por el otro participante en el misterio de anoche. Aún no he tenido tiempo de examinar esta habitación, pero con su permiso lo haré ahora.
Mientras hablaba, sacó de su bolsillo una cinta métrica y una gran lupa redonda. Con estos dos instrumentos trotó silenciosamente por la habitación, deteniéndose a veces, arrodillándose de vez en cuando y, en una ocasión, tendiéndose por completo sobre el suelo. Tan absorto estaba en su ocupación que parecía haber olvidado nuestra presencia, pues no dejó de hablar solo en voz baja todo el tiempo, manteniendo una descarga continua de exclamaciones, gemidos, silbidos y pequeños gritos que sugerían aliento y esperanza. Mientras lo observaba, me hizo recordar irremediablemente a un sabueso de Pura sangre y bien adiestrado cuando se lanza de aquí para allá por la espesura, gimiendo en su anhelo, hasta que da con el rastro perdido. Durante veinte minutos o más continuó sus investigaciones, midiendo con el más absoluto cuidado la distancia entre marcas que eran completamente invisibles para mí, y aplicando de vez en cuando su cinta a las paredes de un modo igualmente incomprensible. En un lugar recogió con sumo cuidado un montoncito de polvo gris del suelo y lo guardó en un sobre. Por último, examinó con su lupa la palabra