armado con tan misteriosos poderes? La mano que había colocado aquel alfiler podría haberle atravesado el corazón, y él jamás habría sabido quién lo había matado.
Aún más conmocionado quedó a la mañana siguiente. Se habían sentado a desayunar cuando Lucy, con un grito de sorpresa, señaló hacia arriba.
En el centro del techo estaba garabateado, al parecer con un palo quemado, el número 28. Para su hija era ininteligible, y él no la iluminó.
Ese por la noche se quedó despierto con su escopeta haciendo guardia y vigilancia. No vio ni oyó nada, y sin embargo por la mañana un gran 27 había sido pintado en el exterior de su puerta.
Así fue pasando un día tras otro; y tan seguro como que amanecía, descubría que sus invisibles enemigos llevaban su registro y habían marcado en algún lugar visible cuántos días le quedaban aún del mes de gracia.
A veces los números fatales aparecían en las paredes, a veces en los suelos, en ocasiones estaban en pequeños carteles pegados en la verja del jardín o en las rejas.
A pesar de toda su vigilancia, John Ferrier no pudo descubrir de dónde procedían estas advertencias diarias. Un terror casi supersticioso se apoderó de él al verlas. Se volvió demacrado e inquieto, y sus ojos tenían la mirada turbada de una criatura acosada. Ya no le quedaba en la vida más que una esperanza: la llegada del joven cazador de Nevada.
Veinte se habían reducido a quince y quince a diez, pero no había noticias del ausente. Uno a uno los números disminuyeron, y aun así no llegaba señal de él. Cada vez que un jinete hacía resonar sus cascos por el camino, o un arriero le gritaba a su yunta, el viejo Granjero se apresuraba hacia la