Mientras hablaba, vació el contenido de la copa de vino en un platillo y lo puso delante del terrier, que no tardó en dejarlo seco a base de lametones.
La actitud tan seria de Sherlock Holmes nos había convencido hasta tal punto que todos permanecimos en silencio, observando atentamente al animal y esperando algún efecto sorprendente. Sin embargo, no se produjo ninguno.
El perro siguió tendido sobre el cojín, respirando con dificultad, pero Aparentemente ni mejor ni peor debido al trago.
Holmes había sacado su reloj, y a medida que los minutos pasaban sin resultado, una expresión de la más absoluta mortificación y desengaño apareció en sus facciones. Se mordisqueaba los labios, tamborileaba con los dedos sobre la mesa y mostraba todos los demás síntomas de una impaciencia aguda. Tan grande era su emoción, que sentí una sincera lástima por él, mientras que los dos detectives sonreían con burla, nada displechos ante aquel revés con el que había tropezado.
—No puede ser una coincidencia —exclamó, al fin saltando de su silla y recorriendo la habitación de un lado a otro con frenesí—; es imposible que se trate de una mera coincidencia. Las mismas píldoras de las que sospeché en el caso de Drebber aparecen precisamente tras la muerte de Stangerson. Y sin embargo, son inertes. ¿Qué puede significar? Ciertamente, toda mi cadena de razonamientos no puede haber sido falsa. ¡Es imposible! Y, sin embargo, este maldito perro no sufre daño alguno. ¡Ah, ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!
Con un auténtico grito de júbilo, se precipitó hacia la caja, cortó la otra píldora en dos, la disolvió, añadió leche y se la ofreció al terrier. Apenas parecía habérsele humedecido la lengua a la desafortunada criatura cuando dio un estremecimiento convulsivo en todos sus miembros y quedó tan rígida y sin vida como si le hubiera caído un rayo.