La Flor de Utah
Este no es el lugar para conmemorar las pruebas y privaciones que sufrieron los mormones inmigrantes antes de llegar a su refugio definitivo.
Desde las orillas del Misisipi hasta las faldas occidentales de las Montañas Rocosas, habían luchado con una constancia casi sin paralelo en la historia. El hombre salvaje y la bestia salvaje, el hambre, la sed, la fatiga y la enfermedad—todos los obstáculos que la naturaleza pudo interponer en su camino— habían sido vencidos con tenacidad anglosajona.
Sin embargo, el largo viaje y los terrores acumulados habían estremecido los corazones de los más valientes entre ellos. No hubo uno solo que no cayera de hinojos en una oración sincera al ver el amplio valle de Utah bañado por la luz del sol ante ellos, y al enterarse por labios de su líder de que esa era la tierra prometida y que aquellas acres vírgenes habrían de ser suyas para siempre jamás.
Young no tardó en demostrar que era tanto un administrador diestro como un jefe resuelto. Se trazaron mapas y se prepararon planos, en los cuales se esbozaba la futura ciudad. Alrededor, las granjas fueron asignadas y distribuidas en proporción a la posición de cada individuo. Al comerciante se le puso en su oficio y al artesano en su labor. En la población surgieron calles y plazas, como por arte de magia. En el campo hubo obras de drenaje y cierre de setos, plantaciones y desmonte, hasta