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nydus/A Study in ScarletPublic
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VII. Luz en la oscuridad

—No habrá más asesinatos —dijo al fin, deteniéndose en seco y volviéndose hacia nosotros—. Pueden descartar esa posibilidad. Me han preguntado si conozco el nombre del asesino. Así es.

Sin embargo, el mero hecho de saber su nombre es poca cosa en comparación con el poder de echarle guante. Espero lograr esto último muy pronto. Tengo grandes esperanzas de conseguirlo mediante mis propias gestiones; pero es un asunto que requiere un manejo delicado, pues tenemos que habérnoslas con un hombre astuto y desesperado, que cuenta con el respaldo, según he tenido ocasión de comprobar, de otro tan inteligente como él.

Mientras este hombre no tenga la menor idea de que alguien pueda seguirle la pista, hay ciertas posibilidades de atraparlo; pero si abrigara la más mínima sospecha, cambiaría de nombre y se desvanecería en un instante entre los cuatro millones de habitantes de esta gran ciudad.

Sin ánimo de herir los sentimientos de ninguno de los dos, me veo en la obligación de decir que considero que estos hombres superan con creces a la fuerza oficial, y por eso no les he pedido ayuda. Si fracaso, cargaré por supuesto con toda la culpa debida a esta omisión; pero estoy preparado para ello. Por el momento, estoy dispuesto a prometerles que, en cuanto pueda comunicarme con ustedes sin poner en peligro mis propias combinaciones, lo haré.

Gregson y Lestrade parecían estar muy lejos de quedar satisfechos por esta seguridad, o por la alusión despectiva a la policía de investigación. El primero se había sonrojado hasta la raíz de su cabello rubio, mientras que los ojos avizores del otro brillaban de curiosidad y resentimiento.

Ninguno de los dos tuvo tiempo de hablar, sin embargo, antes de que llamaran a la puerta y el portavoz de los pilluelos callejeros, el joven Wiggins, presentara su insignificante y poco apetecible persona.

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