Rance se sentó en el sofá de crin de caballo y frunció el ceño como si estuviera decidido a no omitir nada en su relato.
—Se lo contaré desde el principio —dijo—. Mi turno es de diez de la noche a seis de la mañana. A las once hubo una pelea en el White Hart; pero, quitando eso, todo estuvo bastante tranquilo por la ronda. A la una empezó a llover, y me encontré a Harry Murcher —el que lleva la ronda de Holland Grove— y nos pusimos a hablar juntos en la esquina de Henrietta Street. Al rato —tal vez sobre las dos o poco más—, pensé en dar una vuelta para comprobar que todo iba bien por Brixton Road. Estaba la mar de sucio y solitario. No me encontré con un alma en todo el trayecto, aunque uno que otro coche de alquiler pasó de largo. Iba yo paseando, pensando entre nos que lo bien que me vendría un buen vaso de ginebra caliente, cuando de repente el destello de una luz me llamó la atención en la ventana de esa misma casa. Ahora bien, yo sabía que esas dos casas