salvaje del cochero mientras miraba fijamente las brillantes esposas que habían aparecido como por arte de magia en sus muñecas. Durante uno o dos segundos pudimos haber sido un grupo de estatuas. Luego, con un rugido de furia inarticulado, el prisionero se zafó del asimiento de Holmes y se lanzó contra la ventana. La madera y los cristales cedieron ante él; pero antes de lograr atravesarla por completo, Gregson, Lestrade y Holmes se abalanzaron sobre él como una jauría de lebreles. Lo arrastraron de vuelta a la habitación y entonces comenzó un combate terrible. Tan poderoso y feroz era, que los cuatro fuimos sacudidos una y otra vez. Parecía poseer la fuerza convulsiva de un hombre en pleno ataque epiléptico. Su rostro y sus manos estaban terriblemente destrozados por su paso a través del vidrio, pero la pérdida de sangre no mermó en absoluto su resistencia. No fue hasta que Lestrade consiguió introducir la mano en su corbata y medio estrangularlo cuando logramos hacerle comprender que sus forcejeos eran inútiles; y ni aun así nos sentimos seguros hasta que le inmovilizamos los pies además de las manos. Hecho esto, nos pusimos en pie sin aliento y jadeando.
—Tenemos su coche de punto —dijo Sherlock Holmes—. Servirá para llevarlo a Scotland Yard. Y ahora, caballeros —continuó, con una sonrisa amable—, hemos llegado al fin de nuestro pequeño misterio. Son muy bienvenidos a hacerme todas las preguntas que gusten ahora, y no hay peligro de que me niegue a responderlas.