puerta pensando que la ayuda había llegado por fin. Al fin, cuando vio que cinco cedían ante cuatro y este a su vez ante tres, desmayó el corazón y abandonó toda esperanza de escape. Solo, y con su limitado conocimiento de las montañas que rodeaban el asentamiento, sabía que era impotente. Los caminos más transitados estaban estrictamente vigilados y custodiados, y nadie podía transitar por ellos sin una orden del Consejo. Tomara el camino que tomase, parecía no haber forma de evitar el golpe que pendía sobre él. Con todo, el viejo nunca titubeó en su resolución de desprenderse de la propia vida antes de consentir lo que consideraba la deshonra de su hija.
Estaba sentado solo una tarde, meditando profundamente sobre sus problemas y buscando en vano una salida a ellos. Esa mañana había aparecido la cifra 2 en la pared de su casa, y al día siguiente se cumpliría el plazo establecido. ¿Qué iba a suceder entonces? Toda clase de fantasías vagas y terribles poblaban su imaginación. Y su hija, ¿qué sería de ella cuando él ya no estuviera? ¿No había escapatoria a la red invisible que se había tejido a su alrededor? Hundió la cabeza en la mesa y sollozó al pensar en su propia impotencia.
¿Qué fue eso? En el silencio oyó un suave sonido de rasguño: tenue, pero muy distinto en la quietud de la noche. Venía de la puerta de la casa. Ferrier se deslizó sigilosamente hacia el recibidor y escuchó con atención. Hubo una pausa durante unos instantes, y luego el tenue y solapado sonido se repitió. Evidentemente, alguien estaba golpeando muy suavemente uno de los paneles de la puerta. ¿Sería algún asesino de medianoche que había venido a cumplir las órdenes homicidas del tribunal secreto? ¿O se trataba de algún agente que iba señalando que el último día de gracia había llegado? John Ferrier sintió que la muerte instantánea sería mejor que aquella incertidumbre que sacudía sus nervios y le helaba el corazón. Dando un salto hacia adelante, descorrió el cerrojo y abrió la puerta de par en par.