Lo que John Rance tenía que contar
Eran la una cuando salimos del número 3 de Lauriston Gardens. Sherlock Holmes me condujo hasta la oficina de telégrafos más cercana, desde donde envió un largo telegrama. Luego paró un coche de punto y le ordenó al cochero que nos llevara a la dirección que nos había dado Lestrade.
—No hay nada como la prueba de primera mano —observó—; de hecho, mi opinión sobre el caso está completamente formada, pero aun así más nos vale enterarnos de todo lo que se pueda aprender.
—Me asombras, Holmes —dije—. Ciertamente no estarás tan seguro como pretendes de todos esos pormenores que has dado.
—No hay margen para el error —respondió—. Lo primerísimo que observé al llegar allí fue que un carruaje había dejado dos rodadas con sus ruedas muy cerca del bordillo. Ahora bien, hasta anoche no había llovido en una semana, de modo que esas ruedas que dejaron una impresión tan profunda debían de haber estado allí durante la noche. También estaban las marcas de los cascos del caballo, el contorno de uno de los cuales era mucho más nítido que el de los otros tres, lo que indicaba que llevaba una herradura nueva. Dado que el coche estuvo allí después de que empezara a llover, y que no estuvo en ningún momento durante la mañana —tengo la palabra de