de barco y dio un largo paseo con él. Al preguntársele dónde vivía ese viejo compañero, no supo dar ninguna respuesta satisfactoria. Creo que todo el caso encaja de manera inusual. Lo que me divierte es pensar en Lestrade, que había tomado la pista falsa. Me temo que no va a sacarle mucho partido a... ¡Válgeme el cielo, si aquí está el hombre en persona!
Era, en efecto, Lestrade, que había subido las escaleras mientras hablábamos y que ahora entraba en la habitación. Faltaban, sin embargo, la seguridad y la petulancia que por lo general caracterizaban su porte y su vestimenta. Su rostro estaba turbado y preocupado, mientras que su ropa aparecía desordenada y descuidada.
Evidentemente, había venido con la intención de consultarle a Sherlock Holmes, pues al percibir a su colega pareció desconcertado y molesto. Se quedó en el centro de la habitación, jugueteando nervioso con su sombrero e indeciso sobre qué hacer.
«Este es un caso de lo más extraordinario —dijo por fin—, un asunto de lo más incomprensible».