campo y allí, en algún callejón desierto, tener mi última entrevista con casi él. Casi me había decidido por esto, cuando él me resolvió el problema. La locura por la bebida se había vuelto a apoderar de él y me ordenó que parara frente a uncolmado de ginebra. Entró, dejando dicho que debía esperarlo. Allí se quedó hasta la hora de cierre, y cuando salió estaba tan borracho que supe que tenía la partida ganada.
“No se imaginen que tuve la intención de matarlo a sangre fría. Habría sido pura y estricta justicia si lo hubiera hecho, pero no pude obligarme a ello. Desde hacía tiempo había decidido que él tendría una oportunidad de salvar la vida si decidía aprovecharla. Entre los muchos puestos que he desempeñado en América durante mi vida errante, fui en una ocasión celador y barrendero del laboratorio en el York College. Un día el profesor estaba dando una conferencia sobre venenos, y mostró a sus estudiantes cierto alcaloide, según lo llamó, que había extraído de un curare sudamericano, y que era tan potente que la menor partícula significaba la muerte instantánea. Fui directo al frasco en el que se guardaba este preparado y, cuando todos se hubieron marchado, me apoderé de un poco. Yo era un dispensador bastante hábil, así que transformé este alcaloide en pequeñas píldoras solubles, y puse cada píldora en una cajita junto con otra similar hecha sin veneno. Decidí en ese momento que, cuando tuviera la oportunidad, cada uno de mis caballeros sacaría a la suerte una de estas cajitas, mientras yo me tragaba la píldora que quedaba. Habría sido igual de letal, y bastante menos ruidoso que disparar a quemarropa. Desde aquel día llevé siempre conmigo mis cajitas de píldoras, y había llegado el momento de usarlas.
“Era más cerca de la una que de las doce, y hacía una noche salvaje y desapacible, con fuertes rachas de viento y lluvia torrencial. Por muy lúgubre que estuviera el exterior, yo me sentía dichoso por dentro—tan dichoso que habría podido gritar de pura exaltación. Si alguno de