boca hasta apagarse en un sordo murmullo en la lejanía. Con un chasquido de látigos y un crujir de ruedas, los grandes carruajes se pusieron en marcha, y pronto toda la caravana serpenteaba de nuevo. El Élder a cuyo cuidado habían sido encomendados los dos desamparados los condujo a su carromato, donde ya les aguardaba una comida.
“Permaneceréis aquí —dijo—. En pocos días os habréis recuperado de vuestras fatigas. Mientras tanto, recordad que ahora y para siempre sois de nuestra religión. Brigham Young lo ha dicho, y ha hablado con la voz de José Smith, que es la voz de Dios”.