«Eres mayor de edad —dijo—, y no hay ley que te detenga. Tengo dinero de sobra. Que le den a la vieja esta, y vente conmigo ahora mismo. Vivirás como una
La pobre Alicia estaba tan asustada que se apartó de él encogiéndose, pero este la cogió por la muñeca e intentó arrastrarla hacia la puerta.
Grité y, en ese momento, mi hijo Arthur entró en la habitación. Lo que pasó entonces no lo sé. Oí juramentos y el sonido confuso de un forcejeo. Estaba demasiado aterrorizada para levantar la cabeza.
Cuando levanté la vista, vi a Arthur de pie en el umbral, riendo, con un bastón en la mano.
«No creo que ese buen tipo vuelva a molestarnos —dijo—. Iré tras él para ver qué hace con su vida».
Con esas palabras tomó su sombrero y se marchó calle abajo. A la mañana siguiente supimos de la misteriosa muerte del señor Drebber».
“Esta declaración salió de los labios de la señora Charpentier entre muchos jadeos y pausas. A veces hablaba tan bajito que apenas podía captar las palabras. Sin embargo, tomé notas en taquigrafía de todo lo que dijo, para que no hubiera posibilidad de error”.
—Es bastante emocionante —dijo Sherlock Holmes con un bostezo—. ¿Qué pasó después?
—Cuando la señora Charpentier hizo una pausa —continuó el detective—, vi que todo el caso pendía de un solo punto. Clavándola la mirada de un modo que siempre me ha resultado eficaz con las mujeres, le pregunté a qué hora había regresado su hijo.
—«No lo sé», respondió ella.