“Pásaselo a él, y de él a los demás. ¡De nueve a siete!”
—¡De siete a cinco! —repitió el otro, y las dos figuras se desvanecieron raudas en distintas direcciones. Sus últimas palabras habían sido evidentemente alguna clase de seña y contraseña. En el instante en que sus pasos se extinguieron en la distancia, Jefferson Hope se puso en pie de un salto y, ayudando a sus compinches a cruzar por la brecha, abrió el camino a través de los campos a toda velocidad, sosteniendo y casi cargando en brazos a la muchacha cuando las fuerzas parecían fallarle.
—¡Dense prisa! ¡Dense prisa! —balbuceaba de vez en cuando—. Hemos atravesado la línea de centinelas. Todo depende de la velocidad. ¡Dense prisa!
Una vez en el camino real avanzaron con rapidez. Tan solo una vez se cruzaron con alguien, y entonces se las arreglaron para meterse en un campo y evitar así ser reconocidos.
Antes de llegar al pueblo, el cazador se desvió hacia un sendero escarpado y estrecho que conducía a las montañas. Dos picos oscuros y dentados se alzaban sobre ellos a través de la oscuridad, y el desfiladero que discurría entre ambos era el Cañón del Águila, donde los caballos los estaban esperando.
Con instinto infalible, Jefferson Hope abrió paso entre los grandes peñascos y a lo largo del lecho de un curso de agua seco, hasta llegar al rincón apartado, resguardado por rocas, donde los fieles animales habían sido estacados. Subieron a la muchacha a la mula y al viejo Ferrier a uno de los caballos, con su bolsa de dinero, mientras Jefferson Hope guiaba al otro por el sendero precipitado y peligroso.
Era una ruta desconcertante para cualquiera que no estuviera acostumbrado a enfrentarse a la Naturaleza en sus estados de ánimo más salvajes.