tiempo atrás. Le describí la muerte de Drebber y le di la misma opción de las píldoras envenenadas. En lugar de aferrarse a la oportunidad de salvación que eso le ofrecía, saltó de la cama y se me fue al cuello. En defensa propia le atravesé el corazón. Habría sido lo mismo en cualquier caso, pues la Providencia nunca habría permitido que su mano culpable eligiera otra cosa que no fuera el veneno.
“Tengo poco más que decir, y está bien que sea así, pues ya no puedo más. Estuve conduciendo un coche de alquiler un día o dos, con la intención de seguir así hasta poder ahorrar lo suficiente para volver a América. Estaba en la parada cuando un muchacho andrajoso preguntó si había allí algún cochero llamado Jefferson Hope, y dijo que un caballero en el 221B de Baker Street requería su coche. Fui para allá, sin sospechar nada malo, y lo siguiente que supe fue que este joven de aquí me había puesto los grilletes en las muñecas, tan primorosamente encadenados como he visto en mi vida.
Esa es toda mi historia, caballeros. Podrán considerarme un asesino; pero yo sostengo que soy tan agente de la justicia como ustedes”.