imposibilidad en el caso de alguien entrenado en la observación y el análisis. Sus conclusiones eran tan infalibles como las proposiciones de Euclides. Tan desconcertantes debían de parecerle sus resultados al profano que, hasta que no aprendía los procesos mediante los cuales había llegado a ellos, bien podía considerarlo un hechicero.
“A partir de una gota de agua —dijo el escritor—, un lógico podría inferir la posibilidad de un Atlántico o de un Niágara sin haber visto ni oído hablar de ninguno de los dos. De modo que toda la vida es una gran cadena, cuya naturaleza se conoce siempre que se nos muestre un solo eslabón de ella.
Al igual que cualquier otra arte, la Ciencia de la Deducción y el Análisis es una que solo puede adquirirse mediante un estudio largo y paciente, ni la vida es lo suficientemente larga como para permitir que ningún mortal alcance en ella la más alta perfección posible.
Antes de pasar a aquellos aspectos morales y mentales del asunto que presentan las mayores dificultades, que el investigador comience por dominar los problemas más elementales. Que aprenda, al encontrarse con un semejante, a distinguir de un solo vistazo la historia del hombre y el oficio o profesión a la que pertenece.
Por pueril que pueda parecer tal ejercicio, agudiza las facultades de observación y enseña a uno dónde mirar y qué buscar. Por las uñas de un hombre, por la manga de su abrigo, por su bota, por las rodillas de sus pantalones, por las callosidades de su dedo índice y de su pulgar, por su expresión, por los puños de su camisa—por cada una de estas cosas se revela claramente la vocación de un hombre. Que todas ellas juntas dejen de ilustrar al investigador competente en cualquier caso es casi inconcebible.”