Afuera todo era calma y tranquilidad. La noche estaba despejada y las estrellas brillaban con intensidad allá arriba. El pequeño jardín delantero ante los ojos del granjero se extendía delimitado por la cerca y la verja, pero ni allí ni en el camino se veía a ningún ser humano.
Con un suspiro de alivio, Ferrier miró a derecha e izquierda, hasta que, al bajar la vista directamente hacia sus propios pies, vio con asombro a un hombre tendido boca abajo sobre el suelo, con los brazos y las piernas completamente desparramados.
Tan nervioso lo dejó el espectáculo que se apoyó contra la pared con la mano en la garganta para sofocar su impulso de gritar.
Su primer pensamiento fue que la figura postrada era la de algún hombre herido o moribundo, pero mientras la observaba la vio retorcerse por el suelo y adentrarse en el vestíbulo con la rapidez y el silencio de una serpiente.
Una vez dentro de la casa, el hombre se puso de pie en un salto, cerró la puerta y reveló al atónito granjero el rostro feroz y la expresión resuelta de Jefferson Hope.
—¡Santo Dios! —exclamó John Ferrier—. ¡Cómo me has asustado! ¿Qué se te ocurre entrar así?
—Dame de comer —dijo el otro, con voz ronca—. No he tenido tiempo para bocado ni sorbo en cuarenta y ocho horas.
Se abalanzó sobre la carne fría y el pan que aún seguían sobre la mesa de la cena de su anfitrión, y se lo devoró vorazmente.
—¿Se mantiene fuerte Lucy? —preguntó, una vez que hubo saciado su hambre.