Con los escasos recursos de que disponía, complementados con los trabajos que lograba conseguir, viajó de ciudad en ciudad por los Estados Unidos en busca de sus enemigos. Los años pasaron, su pelo negro se tornó entrecano, pero él seguía vagando, como un sabueso humano, con la mente fija exclusivamente en el único objetivo al que había consagrado su vida. Por fin su perseverancia se vio recompensada. Fue tan solo un vistazo a un rostro en una ventana, pero ese único vistazo le indicó que Cleveland, en Ohio, albergaba a los hombres que andaba persiguiendo. Regresó a su mísera pensación con su plan de venganza ya trazado. Dio la casualidad, sin embargo, que Drebber, al asomarse a su ventana, había reconocido al vagabundo en la calle y había leído el asesinato en sus ojos. Se presentó a toda prisa ante un juez de paz, acompañado por Stangerson, quien se había convertido en su secretario privado, y le expuso que corrían peligro de muerte debido a los celos y el odio de un viejo rival. Esa misma tarde, Jefferson Hope fue detenido y, al no poder encontrar fiadores, quedó bajo custodia durante algunas semanas. Cuando por fin fue liberado, solo fue para descubrir que la casa de Drebber estaba abandonada y que él y su secretario habían marchado a Europa.
Nuevamente el vengador había fracasado, y otra vez su odio concentrado lo empujaba a continuar la persecución. Faltaban fondos, sin embargo, y durante algún tiempo tuvo que volver a trabajar, ahorrando cada dólar para su próximo viaje. Por fin, tras haber reunido lo suficiente para mantenerse con vida, partió hacia Europa y rastreó a sus enemigos de ciudad en ciudad, ganándose la