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POR QUÉ ESCRIBO LIBROS TAN EXCELENTES

Lo más notable es la naturaleza involuntaria de las figuras y de los símiles; se pierde toda percepción de lo que es imagen y metáfora; todo parece presentarse como el medio de expresión más dispuesto, el más veraz y el más simple.

En realidad parece, por usar una de las expresiones del propio Zaratustra, como si todas las cosas convergieran y se ofrecieran como símiles. («¡Aquí vienen todas las cosas acariciadoras a tu discurso y te halagan, pues de buena gana querrían cabalgar sobre tu espalda. Sobre todo símil cabalgas aquí hacia toda verdad. Aquí se te abren de par en par todos los santuarios del decir y de la palabra del mundo, aquí querría todo el ser convertirse en palabra, aquí querría todo el devenir aprender de ti a hablar!»). Esta es mi experiencia de la inspiración. No dudo de que tendría que remontarme miles de años para encontrar a otro que pudiera decirme: «¡También es mía!».

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Durante unas semanas después de aquello estuve postrado como enfermo en Génova. Luego siguió una melancólica primavera en Roma, donde apenas logré sobrevivir —y esto no era tarea fácil. Esta ciudad, que es absolutamente inadecuada para el poeta-autor de Zarathustra, y de cuya elección yo no fui responsable, me hizo desmedidamente infeliz. Intenté marcharme. Quería ir a L'Aquila —lo opuesto a Roma en todos los aspectos, y fundada en realidad con un espíritu de hostilidad hacia esa ciudad, tal como yo también fundaré una ciudad algún día, como recuerdo de un ateo y genuino enemigo de la Iglesia, una persona muy emparentada conmigo, el gran Hohenstaufen, el emperador Federico II. Pero el destino estaba detrás de todo aquello: tuve que regresar de nuevo a Roma. Al final hube de conformarme con la Piazza Barberini, tras

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