digno de escucharle... Y, hasta ese momento, no habrá nadie que comprenda el arte que se ha despilfarrado en este libro.
Jamás ha existido nadie que haya creado formas de arte más novedosas, extrañas y deliberadas para lanzarlas a los vientos. El hecho de que tales cosas fueran posibles en la lengua alemana aún esperaba su demostración; en otro tiempo, yo mismo lo habría negado con la mayor rotundidad.
Antes de mi tiempo la gente no sabía lo que se podía hacer con la lengua alemana, ni lo que se podía hacer con el lenguaje en general.
El arte del gran ritmo, del gran estilo por períodos, para expresar las tremendas oscilaciones de una pasión sublime y sobrehumana, fue descubierto por primera vez por mí: con el ditirambo titulado «Los siete sellos», que constituye el último discurso de la tercera parte del Zarathustra, me elevé millas por encima de todo lo que hasta entonces se había llamado poesía.
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El hecho de que la voz que habla en mis obras sea la de un psicólogo sin parangón es quizá la primera conclusión a la que llegará un buen lector, un lector como el que merezco y uno que me lea tal como los buenos viejos filólogos solían leer su Horacio. Aquellas proposiciones en las que todo el mundo está fundamentalmente de acuerdo —por no hablar de la filosofía de moda, de los moralistas y de otra gente hueca y de seso de repollo— no son para mí más que ingenuos desatinos: por ejemplo, la creencia de que «altruista» y «egoísta» son opuestos, mientras que al mismo tiempo el «yo» mismo no es más que una «suprema estafa», un «ideal»... No existen tales cosas como acciones egoístas o altruistas: