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POR QUÉ SOY TAN SABIO

domestico a todos los osos, puedo hacer que hasta los payasos se porten decentemente.

Durante los siete años que enseñé griego a la sexta clase del Colegio de Basilea, nunca tuve ocasión de imponer un castigo; los jóvenes más perezosos eran aplicados en mi clase. Lo imprevisto siempre me ha encontrado a la altura de las circunstancias; necesito que me coja desprevenido para conservar la presencia de ánimo.

Fuere cual fuere el instrumento, aun cuando estuviera tan desafinado como lo puede estar el instrumento «hombre», solo cuando estaba enfermo no lograba hacerle expresar algo que valiera la pena ser oído. Y cuán a menudo no me habrán dicho los «instrumentos» mismos que jamás antes habían oído a sus propias voces expresar cosas tan bellas...

Esto me lo dijo de la manera más deliciosa tal vez aquel joven Heinrich von Stein, que murió a una edad imperdonablemente temprana y que, tras haber pedido considerado permiso para ello, se presentó una vez en Sils-Maria para una estancia de tres días, diciendo a todo el mundo allí que no había venido por la Engadina.

Esta excelente persona, que con toda la impetuosa sencillez de un joven noble prusiano, se había adentrado profundamente en el pantano del wagnerismo (¡y en el del duhringismo2 para colmo!), parecía casi transformada durante estos tres días por un huracán de libertad, como alguien a quien de repente se hubiera elevado a toda su altura y se le hubieran dado alas. Una y otra vez le dije que todo aquello se debía al espléndido aire; todos sentían lo mismo, no se podían 6000 pies de altura sobre Bayreuth en vano, pero él no quiso creerme... Sea como fuere, si he sido víctima de no pocos agravios pequeños o incluso grandes, no fue la "voluntad", y menos que nada la mala

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