durante algunos días, fui el único visitante en este maravilloso lugar, al que mi gratitud otorga el don de un nombre inmortal. Tras un viaje lleno de incidentes, y no exento de peligro para la vida —como por ejemplo en Como, que estaba inundada cuando llegué a medianoche—, llegué a Turín en la tarde del 21. Turín es el único lugar adecuado para mí, y será mi hogar de ahora en adelante. Tomé el mismo alojamiento que había ocupado en primavera, Via Carlo Alberto 6111, frente al imponente Palazzo Carignano, en el que nació Vittorio Emanuele; y tenía una vista de la Piazza Carlo Alberto y, más allá, hacia las colinas.
Sin vacilar, ni permitir que me disturbasen ni por un solo instante, volví a mi trabajo, del cual solo me faltaba por escribir el último cuarto.
El 30 de septiembre, tremendo triunfo; el séptimo día; el ocio de un dios a las orillas del Po.20
Ese mismo día escribí el Prefacio de El crepúsculo de los ídolos, cuya corrección de pruebas me sirvió de esparcimiento durante el mes de septiembre. Jamás en mi vida había experimentado un otoño semejante; ni tampoco había imaginado que tales cosas fueran posibles sobre la tierra: un Claudio de Lorena prolongado hasta el infinito, cada día igual al anterior en su salvaje perfección.
"EL CASO WAGNER: UN PROBLEMA MUSICAL"
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Para hacerle justicia a este ensayo, uno debería sufrir el destino de la música como de una herida abierta.—¿De qué sufro cuando sufro por el destino de la música? De que la música haya perdido su carácter transfigurador del mundo, su carácter afirmativo —de que sea música decadente y ya no la flauta de Dioniso.