Para creer que el vino era embriagador, habría tenido que ser cristiano; dicho de otro modo, habría tenido que creer en lo que, a mi juicio, es un absurdo. Cosa extraña, mientras que pequeñas cantidades de alcohol, tomadas con abundante agua, consiguen indisponerme, grandes cantidades me transforman casi en un marinero juerguista. Ya de muchacho demostré mi bravuconería a este respecto. Componer un largo ensayo en latín en una sola noche, corregirlo y pasarlo a limpio, aspirar con mi pluma a emular la exactitud y la concisión de mi modelo, Salustio, y verter unos grogs bien cargados sobre todo ello; este procedimiento, cuando era alumno de la venerable y antigua escuela de Pforta, no iba en absoluto en contra de mi fisiología, ni quizás de la de Salustio, por muy ajeno que pudiera ser a la digna Pforta. Más adelante, hacia la mitad de mi vida, me fui oponiendo cada vez más a las bebidas alcohólicas: yo, un adversario del vegetarianismo que he experimentado lo que es el vegetarianismo —tal como Wagner, que me devolvió a la carne, lo experimentó—, no puedo aconsejar con la suficiente seriedad a todas las naturalezas más espirituales que se abstengan absolutamente del alcohol. El agua sirve para el propósito... Tengo predilección por aquellos lugares donde por todas partes se presentan oportunidades de beber de los arroyos que corren (Niza, Turín, Sils). In vino veritas: parece que aquí una vez más estoy en desacuerdo con el resto del mundo acerca del concepto de «Verdad» —conmigo el espíritu se mueve sobre las faz de las aguas...
He aquí algunas indicaciones más sobre mi moral. Una comida abundante se digiere con más facilidad que una insuficiente. El primer principio de una buena digestión es que el estómago actúe como un todo. Por lo tanto, el hombre debe conocer el tamaño de su estómago. Por las mismas razones, deben desaconsejarse firmemente todas esas comidas interminables, que llamo banquetes de sacrificio interrumpidos, y que se pueden encontrar en cualquier table d'hôte. *