categoría —cosas que ningún hombre puede hacer hoy en día—, con un sentimiento de responsabilidad para todas las edades por venir, no habría advertido ningún signo de tensión en mi estado, sino más bien un estado de frescura desbordante y buen humor. Nunca he comido con sensaciones más placenteras, nunca ha sido mejor mi sueño. No conozco otra manera de lidiar con las grandes tareas que como un juego: esto, como signo de grandeza, es un requisito previo indispensable. La más leve coacción, un semblante sombrío, cualquier acento duro en la voz: ¡todas estas cosas son objeciones para un hombre, pero cuánto más para su obra!... Uno no debe tener nervios.... Incluso sufrir por la soledad es una objeción; lo único de lo que siempre he sufrido es de «multitud».8
A una edad absurdamente tierna, de hecho cuando tenía siete años, ya sabía que ninguna palabra humana llegaría jamás a mí: ¿alguien me vio jamás triste por ese motivo?
En la actualidad sigo poseyendo la misma afabilidad hacia todo el mundo, estoy incluso lleno de consideraciones hacia los más humildes: en todo esto no hay ni un átomo de altivez o de desprecio secreto. Aquel a quien desprecio pronto adivina que es despreciado por mí: el mero hecho de mi existencia basta para despertar la indignación en todos aquellos que tienen sangre impura en las venas.
Mi fórmula para la grandeza en el hombre es el amor fati: el hecho de que un hombre no quiera que nada sea diferente, ni ante él ni detrás de él, ni por toda la eternidad. No solo hay que soportar lo necesario, y de ningún modo ocultarlo —todo idealismo es falsedad ante la necesidad—, sino que además hay que amarlo...