soportar a esta raza en cuya compañía uno siempre se encuentra mal acompañado, que no tiene ni idea de matices —¡ay de mí! Yo soy un matiz—, y que no tiene esprit en los pies, ¡ni siquiera sabe caminar con ellos! En suma, los alemanes no tienen pies en absoluto, sencillamente tienen piernas. Los alemanes no tienen la más remota idea de cuán vulgares son —pero esto en sí mismo es el colmo de la vulgaridad—; ni siquiera se avergüenzan de ser meramente alemanes. Quieren decir su palabra en todo, se consideran aptos para decidir sobre todas las cuestiones; incluso temo que se hayan pronunciado sobre mí. Toda mi vida es esencialmente una prueba de esta observación. En vano he buscado entre ellos una muestra de tacto y delicadeza hacia mi persona. Entre los judíos, en verdad, la encontré, pero no entre los alemanes.
Estoy constituido de tal modo que soy bondadoso y afectuoso con todos —tengo el derecho de no hacer distinciones—, pero esto no impide que mis ojos estén abiertos. No hago excepciones con nadie, y menos que nada con mis amigos; ¡confirmo solamente que esto no ha perjudicado mi reputación de humanidad entre ellos? Hay cinco o seis cosas de las que siempre he hecho cuestiones de honor. Con todo, la verdad es que durante muchos años he considerado casi cada carta que he recibido como una pieza de cinismo. Hay más cinismo en una actitud de buena voluntad hacia mí que en cualquier clase de odio. Le digo a cada amigo en su propia cara que nunca ha considerado que valiera la pena estudiar ninguno de mis escritos: por los más leves indicios deduzco que ni siquiera saben lo que se oculta en mis libros. Y aun con respecto a mi Zarathustra, ¿cuál de mis amigos habría visto en él algo más que una pieza de arrogancia injustificada, aunque afortunadamente inofensiva? Han