Así a menudo, con desvío hosco y libre,
Inclinado espantoso como un salvaje en su altar,
Allí, Melancolía, sostuve el pensamiento de ti,
Un penitente, aunque joven, con su salterio.
Tan agazapado disfruté de la envergadura del buitre,
El trueno de los pasos de la avalancha,
Tú me hablaste —y no fuiste falsa como el hombre,
Hablaste, pero con rostros severos y temibles.
Dura diosa tú de la Naturaleza agreste y austera,
Señora, tú que vienes con amenazas a amedrentarme y doblegarme,
A señalarme el aéreo dominio del buitre
Y avalanchas risueñas, para repeler me.
En torno nuestro rechina jadeante la lujuria de matar,
El tormento de ganar la vida en todos sus cambios;
Seductora en algún acantilado, abrupto y frío,
Alguna flor anhela a la mariposa errante.
Todo esto soy yo—estremeciéndome, lo siento todo—
Oh, mariposa cautivada, oh, flor solitaria,
El buitre y la cascada aprisionada por el hielo,
La tempestad que gime—todos los símbolos de tu poder,—