Prometo el advenimiento de una época trágica: el arte supremo en el decir sí a la vida, la «tragedia», renacerá cuando la humanidad tenga a sus espaldas el conocimiento de la más dura, pero más necesaria de las guerras, sin sufrir, sin embargo, a causa de ese conocimiento...
Un psicólogo podría añadir que lo que oí en la música wagneriana en mi juventud y en mi primera adultez no tenía absolutamente nada que ver con Wagner; que cuando describí la música dionisíaca, describí meramente lo que yo en persona había oído; que me vi instintivamente obligado a traducir y transfigurar todo al nuevo espíritu que llenaba mi pecho.
Una prueba de ello, y tan contundente como pueda desearse, es mi ensayo Wagner en Bayreuth: en todos sus pasajes psicológicos decisivos el único implicado soy yo mismo; sin titubeo alguno podéis leer mi nombre o la palabra «Zaratustra» allí donde el texto contiene el nombre de Wagner.
Todo el panorama del artista ditirámbico es la representación del autor de Zaratustra ya existente, y está trazado con una profundidad abismal que ni una sola vez entra en contacto con el Wagner real. El propio Wagner tuvo una noción de la verdad; no se reconoció a sí mismo en el ensayo.—De este modo, «la idea de Bayreuth» quedó transformada en algo que no será ningún enigma para quienes estén familiarizados con mi Zaratustra, a saber: en el Mediodía en que los más altos de entre los elegidos se consagrarán para el mayor de todos los deberes; ¿quién sabe?, la visión de una fiesta que quizá llegue a ver...
El pathos de las primeras páginas es historia universal; la mirada de la que se habla en la página 10512 del libro es la mirada real de Zaratustra; Wagner, Bayreuth, toda esa mezquina miseria alemana, es una nube sobre la cual se refleja una infinita Fata Morgana del futuro. Aun desde el punto de vista psicológico, todos los rasgos decisivos de mi carácter son introducidos en la naturaleza de Wagner: la yuxtaposición de