general, pero evasivo y apenas perceptible. De este modo ataqué a David Strauss, o más bien al éxito concedido a un libro senil por las clases cultas de Alemania; mediante este recurso pillé a la cultura alemana con las manos en la masa. De este modo ataqué a Wagner, o más bien a la falsedad o a los instintos híbridos de nuestra «cultura», que confunde lo superrefinado con lo fuerte, y lo decadente con lo grande.
En cuarto lugar, ataco solo aquellas cosas de las cuales están excluidas todas las diferencias personales, en las cuales falta cualquier cosa como un trasfondo de experiencias desagradables.
Por el contrario, atacar es para mí una prueba de buena voluntad y, en ciertas circunstancias, de gratitud. Por medio de ello honro a una cosa, distingo a una cosa; que asocie mi nombre al de una institución o al de una persona, por estar en contra o a favor de cualquiera de los dos, me da exactamente lo mismo.
Si declaro la guerra al cristianismo, me siento justificado al hacerlo porque en ese sector no me he topado con experiencias fatales ni dificultades; los cristianos más fervientes siempre se han mostrado bien dispuestos hacia mí. Yo, personalmente, el adversario más esencial del cristianismo, estoy lejos de hacer responsable al individuo de lo que es la fatalidad de largos siglos.
¿Me permitirán aventurar una sugerencia relativa a un último rasgo de mi carácter que, en mi trato con los demás hombres, me ha metido en algunas dificultades? Estoy dotado de un sentido de la limpieza cuya agudeza es fenomenal; tanto es así, que puedo constatar fisiológicamente —es decir, oler— la proximidad, qué digo, el meollo mismo, las «entrañas» de toda alma humana....