Aun el ojo del muerto ciertamente una vez más se ilumina cuando, afligido, su hijo le da un abrazo y un beso: ciertamente una vez más la llama de la luz brota, y brillando hacia la vida el ojo muerto habla: «¡Hijo mío! ¡Ay, hijo, sabes que te amo de verdad!».
Así todo brilla y habla: el glaciar habla,
El arroyo, el abeto,
Hablan con su mirada las mismas palabras:
Te amamos de verdad,
¡Ah, niña, sabes que te amamos, te amamos de verdad!
Y él,
Verano, el muchacho de ojos tan ardientes y cansados,
Consumido por la pena, da besos
Cada vez más fervorosos,
Y no se irá:
Pero como velos exhala sus palabras
De entre sus labios,
Sus crueles palabras:
"Mi saludo es despedida,
Mi llegada partida,
En la juventud muero".
En torno escuchan