problemas en frías noches de septiembre bajo los muros de Metz, en medio de mis deberes como enfermero de los heridos; sería más fácil creer que fue escrito cincuenta años antes. Su actitud hacia la política es de indiferencia, "no alemana",10 como se diría hoy; huele ofensivamente a Hegel; solo en una o dos fórmulas está infectado con el amargo olor a cadáveres que es peculiar de Schopenhauer.
Una idea —el antagonismo de los dos conceptos, lo dionisíaco y lo apolíneo— es traducida a la metafísica; la historia misma es representada como el desarrollo de esta idea; en la tragedia esta antítesis se ha convertido en unidad; desde este punto de vista, cosas que hasta entonces nunca se habían visto las caras se encuentran de repente frente a frente, y son comprendidas e iluminadas la una por la otra...
La ópera y la revolución, por ejemplo...
Las dos innovaciones decisivas del libro son, primero, la comprensión del fenómeno dionisíaco entre los griegos —el cual proporciona el primer análisis psicológico de este fenómeno y ve en él la raíz única de todo el arte griego— y, segundo, la comprensión del socratismo —presentándose a Sócrates por primera vez como el instrumento de la disolución griega, como un decadente típico.
«Razón» contra Instinto. La «razón» a cualquier precio, como una fuerza peligrosa que socava la vida.
Todo el libro guarda un silencio profundo y educado acerca de la cristiandad: esta última no es ni apolínea ni dionisíaca; niega todos los valores estéticos, que son los únicos valores que El nacimiento de la tragedia reconoce. La cristiandad es profundamente nihilista, mientras que en el símbolo dionisíaco se alcanzan los límites más extremos de una actitud de afirmación de la vida. En una parte del libro se alude al sacerdocio cristiano como una «orden perfidia de duendes», como «subterráneos».