Zaratustra no admite duda aquí; dice que fue precisamente el conocimiento de lo bueno, de lo «mejor», lo que inspiró su absoluto horror a los hombres. Y fue a partir de este sentimiento de repulsión como le crecieron las alas que le permitieron elevarse hacia futuros remotos. No oculta el hecho de que su tipo de hombre es uno relativamente sobrehumano —especialmente en oposición al hombre «bueno»—, y que el bueno y el justo considerarían a su superhombre como el diablo.
"Oh hombres superiores, en quienes ahora recae mi mirada, esta es la duda que despertáis en mi pecho, y esta es mi risa secreta: ¡me parece que llamaríais al Superhombre... el diablo! Tan extraños sois en vuestras almas a todo lo grande, que el Superhombre os parecería terrible por su bondad".
Es a partir de este pasaje, y de ningún otro, desde donde debéis partir para comprender la meta a la que aspira Zaratustra: el tipo de hombre que, según él, ve la realidad tal como es; es lo bastante fuerte para ello; no está alejado ni distantemente apartado de ella, él mismo es esa realidad, en su propia naturaleza se puede encontrar todo el carácter terrible y cuestionable de la realidad: solo así puede el hombre tener grandeza.
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Pero he elegido el título de Inmoralista como apellido y como divisa de honor en todavía otro sentido; me siento muy orgulloso de poseer este nombre que me distingue del resto de los mortales. Nadie hasta ahora ha considerado la moral cristiana por debajo de su nivel; para ello se requerían altura, una lejanía de perspectiva y una abismal profundidad psicológica que hasta entonces no se creían posibles. Hasta el presente, la moral cristiana ha sido la Circe de todos los pensadores: se pusieron a su servicio.