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nydus/Ecce HomoPublic
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POR QUÉ SOY TAN CLEVER

No sé lo que Wagner haya podido ser para otros; pero ninguna nube oscureció jamás nuestro cielo.

Y esto me devuelve de nuevo a Francia; no tengo argumentos contra los wagnerianos y hoc genus omne que creen que le hacen honor a Wagner creyendo que es como ellos; para esa gente solo tengo un gesto despectivo en los labios. Con una naturaleza como la mía, tan ajena a todo lo teutónico que hasta la presencia de un alemán frena mi digestión, mi primer encuentro con Wagner fue el primer momento de mi vida en que respiré libremente: lo sentí, lo honré como a un extranjero, como al reverso y la contradicción encarnada de todas las «virtudes alemanas».

Nosotros, que de niños respiramos la atmósfera cenagosa de los años cincuenta, somos necesariamente pesimistas respecto al concepto «alemán»; no podemos ser otra cosa que revolucionarios, no podemos aceptar ningún estado de cosas que permita que el beato hipócrita esté en la cumbre. Me importa un bledo si este beato hipócrita viste hoy de otros colores, si se viste de escarlata o se pone el uniforme de húsar.5

¡Muy bien, pues! Wagner era un revolucionario: huyó de los alemanes...

Como artista, un hombre no tiene hogar en Europa salvo en París; esa finura de los cinco sentidos que el arte de Wagner presupone, esos dedos capaces de percibir sutiles gradaciones, la morbosidad psicológica... todas estas cosas se encuentran solo en París.

En ninguna otra parte se puede hallar esta pasión por las cuestiones de forma, esta seriedad en los asuntos de mise-en-scène, que es la seriedad parisina par excellence.

En Alemania nadie tiene idea de la tremenda ambición que llena el corazón de un artista parisino. El alemán es un buen muchacho. Wagner no era en absoluto un buen muchacho...

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