disciplina conmigo mismo, mi negativa a permitir que me mimaran, que me atendieran de pies a cabeza y que me medicaran: todo esto delata la absoluta certeza de mis instintos respecto a lo que en aquel entonces me era más necesario. Me puse en mis propias manos, me devolví la salud: la primera condición para el éxito en semejante empresa, como admitirá cualquier fisiólogo, es que en el fondo el hombre esté sano. Una naturaleza intrínsecamente enfermiza no puede sanar. Por otra parte, para una naturaleza intrínsecamente sana, la enfermedad puede incluso constituir un poderoso estímulo para la vida, para un excedente de vida. Es bajo esta luz como considero ahora el largo período de enfermedad que padecí: parecía como si hubiera descubierto la vida de nuevo, incluido mi propio ser. Saboreé todas las cosas buenas, e incluso las naderías, de un modo en que a los demás no les era fácil saborearlas; de mi Voluntad de Salud y de Vida hice mi filosofía... Pues esto debe entenderse a fondo; fue durante aquellos años en los que mi vitalidad alcanzó su punto más bajo cuando dejé de ser pesimista: el instinto de aut recuperación me prohibía aferrarme a una filosofía de pobreza y desesperación.
Ahora bien, ¿por qué signos se reconocen los golpes de suerte de la Naturaleza entre los hombres? Se reconocen por el hecho de que cualquiera de esos golpes de suerte alegra nuestros sentidos; por el de que él está tallado en un solo bloque integral, que es duro, dulce y fragante además. Disfruta únicamente de aquello que le es bueno; su placer, su deseo, cesan cuando se traspasan los límites de lo que le es bueno. Adivina los remedios para las heridas; sabe cómo volverse los accidentes graves en su propio provecho; aquello que no lo mata lo hace más fuerte.