una «verdad» a la que todo alemán debe asentir. La observación era esta: «El Renacimiento y la Reforma solo juntos constituyen un todo: el renacimiento estético y el renacimiento moral». Cuando escucho semejantes cosas, pierdo toda la paciencia y me siento inclinado —incluso considero mi deber— a decirles a los alemanes, por una vez y sin que sirva de precedente, todo lo que tienen sobre su conciencia.
Todo gran crimen contra la cultura de los últimos cuatro siglos pesa sobre su conciencia... Y siempre por la misma razón, siempre debido a su cobardía sin fondo ante la realidad, que es también cobardía ante la verdad; siempre debido al amor a la falsedad que se ha vuelto casi instintivo en ellos—en una palabra, el «idealismo». Fueron los alemanes los que hicieron que Europa perdiera los frutos, todo el sentido de su último periodo de grandeza: el periodo del Renacimiento. En un momento en que un orden superior de valores, valores nobles, que decían sí a la vida y garantizaban un futuro, habían logrado triunfar sobre los valores opuestos, los valores de la degeneración, en la sede misma del cristianismo—y aun en los corazones de quienes allí se sentaban—, Lutero, ese monje maldito, no solo restauró la Iglesia, sino que, lo que es mil veces peor, restauró el cristianismo, y además en un momento en que yacía derrotado. ¡El cristianismo, la negación de la voluntad de vivir, exaltada a la categoría de religión! ¡Lutero fue un monje imposible que, gracias a su propia «imposibilidad», atacó a la Iglesia y, al hacerlo, la restauró! Los católicos estarían plenamente justificados al celebrar fiestas en honor de Lutero y al representar obras teatrales25 en su honor. ¡Lutero y el «renacimiento de la moralidad»! ¡Que se vaya toda la psicología al diablo! Sin sombra de duda, los alemanes son idealistas. En dos ocasiones en que, a costa de un valor y un autocontrol enormes, se había alcanzado una actitud mental recta, inequívoca y perfectamente científica, los alemanes supieron descubrir