libro. He conocido a eruditos que pensaban que Kant era profundo. En la corte de Prusia me temo que el señor von Treitschke sea considerado profundo. Y cuando se da la circunstancia de que alabo a Stendhal como a un psicólogo profundo, a menudo me he visto obligado, en compañía de profesores universitarios alemanes, a deletrear su nombre en voz alta.
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¿Y por qué no habría de llegar hasta el final? Me gusta aclarar el ambiente. Forma incluso parte de mi ambición ser considerado esencialmente un despreciador de los alemanes. Ya a la edad de veintiséis años expresé mis sospechas sobre el carácter alemán (véase Consideraciones intempestivas, vol. II, págs. 164, 165); para mí, los alemanes son imposibles.
Cuando intento pensar en la clase de hombre que es opuesto a mí en todos mis instintos, mi imagen mental adopta la forma de un alemán. Lo primero que me pregunto al empezar a analizar a un hombre es si posee en su interior un sentimiento de la distancia; si ve rango, gradación y orden por doquier entre hombre y hombre; si hace distinciones; pues esto es lo que constituye a un gentleman. De lo contrario, pertenece irremediablemente a esa especie abierta de corazón, abierta de mente —¡ay!, y siempre bondadosa—, ¡la canaille! Pero los alemanes son canaille —¡ay!, ¡son tan bondadosos!—. Uno se degrada al frecuentar la compañía de alemanes: el alemán pone a todo el mundo en pie de igualdad. A excepción de mi trato con uno o dos artistas, y sobre todo con Richard Wagner, no puedo decir que haya pasado ni una sola hora agradable con los alemanes. Supongamos, por un momento, que el espíritu más profundo de todas las edades apareciera entre los alemanes; entonces, con toda seguridad, se alzaría uno de los salvadores del Capitolio para declarar que su propia alma fea era exactamente igual de grande. Ya no puedo